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La mayor divulgación de la Semana Santa de San Fernando escrita.


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hace cincuenta años

Hace cincuenta años. La Isla estaba recubierta de una capa de chinos pelúos, procedentes del lastre de los baxeles de Su Magestad (c.v.D.g.), y zahorra de las canteras de Palomeque o del Rey.

La Isla disponía de un viejo coche de Correos, uno o dos taxis, y un carro de la limpieza del que tiraba un gigantesco percherón, colorado y enorme, flanqueado por dos empleados que se hacía notar, hiriendo los aires con unas trompetillas d helaron que, posteriormente, hemos visto en los labios de los pregoneros de pueblos en las rancias películas de los años cincuenta.

Para no perder sus raíces, La Isla, entra las ocho menos diez y las ocho y media de la mañana de cualquier día del año, con levante o llovía, a, calores o fríos, contemplaba a la guardia que iba a capitanía, por el centro de las calles San Rafael y Colón-Escaño o viceversa.

Era La Isla de la marinería, de papelones de pescado frito o de mijitas, de carretas tras el tranvía que cambiaba el eufemismo de la bajada de la calle Real con la tisis de la subida por Escaño, si antes no se había dado un paseito por la Escuela de Trabajo.

Era una Isla con Semana Santa pobre, en cuanto a ornamentos, pero respetuosa de grado. No se cruzaba una procesión bajo ningún concepto, que además de los hermanos de pértigas, se notaba la mirada penetrante de la pareja de la Guardia Civil escoltapasos y, por si eran pocos, un piquete de Infantería de Marina que desfilaban detrás.

Eran Semana Santas de hambre terrorífica y a los cargadores se les ajustaba por un salario y un plato de comida abundante, que ya veríamos quien cargaba un paso con la gazuza enconada del hambre cotidiana.

Eran cargadores de afeitado semanal y que transmitían curiosidad cuando sacaban sus caras por debajo de las caídas del Paso para llamar al “aguaó” o para fumarse, si lo había, un cigarrillo, fuera del tabaco de Gibraltar o Maruecos –que tenían sus envoltorios de color morado nazareno- .

Para los adolescentes, las variantes de los cigarrillos de matalauva, mientras que para los niños las botellitas de licor de La Curra y por Semana Santa, unas arropías como madejas de lana.

Los chinos pelúos y nuestras carreras, con el fin de ver la procesión acá y acullá, repasaban las rodillas de pantalones cortos que, invariablemente, procedían del ropero familiar o como decía la moraleja de cierto cuento radiofónico: los trajes más elegantes y que más baratos le saldrán, son los que hagan nuestras madres de unos viejos de papá y, naturalmente, para semana Santa, había de irse con unisitada elegancia, día de trajes oscuros para los caballeros o uniformes de gala y mantilla con peineta para las damas, con inclusión de claveles rojos sangre.

De esos años me vine a la mente muchos recuerdos, recuerdos de tarde de Martes Santo en la Plaza de la Pastora, junto a un grifo de donde las mujeres del Barrio recogían agua y que también servía como uno de los postes de la improvisada portería del campo de fútbol que ya era esta entrañable Plaza.

Recuerdos de la Procesión del Huerto con penitentes de anchos fajines, de Virgen sin Palio y del Señor de rodillas frente a un angel portador de cáliz y Cruz.

Tarde de Martes Santo por las calles con sabor a Barrio, noches de calle Carraca.

Entrañable Cofradía del Huerto, que cumple su cincuentenario. Felicidades a todos.


José Mª Hurtado Egea.
Publicado en Boletín Cincuentenario fundacional de la Cofradía del Huerto. 1943-1993.
Marzo 2010.- Año del Bicentenario de Las Cortes.



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