Inicio el güichi el güichi divulgativo los municipales aquellos tiempos c.d. san fernando gentes de la isla industrias de la isla influencia militar las siete revueltas porqué decimos semana santa y fiestas de guardar

influencia militar:
La influencia de la vida militar desde 1720 en la Villa de la Real Isla de León hasta finalizar el Siglo XX en la actual San Fernando. Los destinos y cuarteles. Desde los pelones hasta el Capitán General de la Zona Marítima del Estrecho.


Apartados:
guerra de la independencia


General:
Afuera aparte, con la misma....
Agradecimiento y Bibliografía El Güichi de Carlos
Aniversarios de El Güichi de Carlos
Contacta con El Güichi de Carlos
El Güichi de Carlos por el mundo
La alacena principal
Los Parroquianos de El Güichi de Carlos
Nueva imagen de El Güichi de Carlos
Páginas compadres
Recomienda El Güichi de Carlos
Si te pierdes, preguntale al Guardia de la esquina
Ultimas noticias


la isla de leon (1808 - 1810)

Para Napoleón, la invasión de Portugal no fue más que un pretexto para arrojar sobre la Península sus formidables ejércitos. Nos había dicho que las operaciones allí tendían exclusivamente a aniquilar el poderío inglés, y así las tropas francesas, a las que ingenuamente se les dio fácil entrada, aprovecharon su maquiavélico plan para apoderarse por sorpresa y astucia de las principales plazas de guerra, cuando los gobernantes españoles ni casi parecían darse cuenta de su presencia en el territorio.

Cuando empezaron las fuerzas francesas su descenso hacia Castilla, desde Cataluña y Navarra, antes de estallar el movimiento nacional, ya el pueblo llano, con su proverbial intuición, empezaba a recelar de los funestos designios napoleónicos con respecto a España, como lo prueba el que a la entrada de muchas ciudades y villas se vieran escritos en los muros estos versos.
“Escucha Napoleón,
Si para ser fiel aliado,
Tus tropas has enviado,
Hallarás en la nación
Amistad y buena unión.

Si otro objeto te guió,
Numancia no se rindió,
Numantinos hallarás,
En España reinarás,
Más sobre españoles no.”

Luego pasó lo que tenía que pasar tras los sucesos del 2 de mayo, que tanto conmocionó a la Isla, a quien el destino reservaba un protagonismo esencial y destacado en esa guerra de recuperación nacional. Las Juntas constituidas en todas las provincias, dentro de alguna inicial anarquía discrepante, desplegaron todo su entusiasmo patriótico, y las unidades armadas del ejército regular fueron destinadas por las Juntas provinciales y autoridades superiores a los ejércitos apresuradamente organizados en las regiones correspondientes, y en todas partes se alistaron voluntarios patriotas para nutrir las filas y poner los regimientos y batallones en pie de guerra.

Y una vez rotas las hostilidades; lanzadas las huestes imperiales a la represión de lo que consideraban insurrección injustificada, exaltado el amor patrio, y consecuente con aquellos pensamientos, circularon otras versificaciones similares típicas.
“La castellana arrogancia
Siempre ha tenido por punto,
No olvidar lo de Sagunto
Y acordarse de Numancia.
Franceses, idos a Francia.



Dejadnos con nuestra ley:
Que en tocando a Dios, al Rey,
A nuestra patria y hogares,
Todos somos militares
Y formamos una grey.”
En la Isla de León estaban parte del regimiento de Infantería de Córdoba, y los provinciales de Granada, Toro, Plasencia, Logroño y Ciudad Rodrigo, dos batallones y siete brigadas de los Cuerpos Reales de Infantería y Artillería de Marina que correspondían al Departamento y posteriormente las Milicias locales y sus famosos Voluntarios Salineros y Escopeteros.
A Cádiz la guarnecían los Regimientos de Irlanda, Zaragoza y Órdenes Militares, y los Provinciales de Écija, Jerez, Córdoba, Toledo y Ronda, un destacamento de Artillería del tercer Departamento, 2 Compañías de Zapadores del Regimiento de Ingenieros y los Batallones de Cazadores y Compañía de Artilleros y de Extramuros, a los que se les confía casi en su totalidad la defensa de la plaza y sus castillos.

Todos estos efectivos fueron utilizados de inmediato en los distintos frentes abiertos para atajar al invasor, y no pocos se hallaron en el ejército de Castaños en la gloriosa fecha de Bailen. Esta gran victoria hizo cavilar a Napoleón y obligó al llamado rey José a abandonar Madrid, donde de nuevo entraron tropas andaluzas y valencianas mandadas por Castaños y González Llamas, pero el gran Corso en persona tomó las riendas de las operaciones y se sucedieron las negativas acciones de Cabezón y Rioseco en las que fueron derrotados los generales Cuesta y Blake. Zaragoza y Gerona asombraron al mundo por su resistencia, comenzando las actividades guerrilleras, compuestas de patriotas del pueblo llano, que la leyenda popular inmortalizó.

La guerrilla española contra Napoleón tenía carácter independiente e improvisado por más que las Juntas procuraran ordenarlas o reglamentarlas, pero era precisamente este aspecto desordenado e indisciplinado lo que más desmoralizaba a los soldados imperiales formados en la disciplina de los combates regulares. ¿De qué servía frente a la guerrilla la famosa formación en cuadro tan celebrada en las estrategias prusianas? Los guerrilleros estaba a la vez en todas partes y en ninguna, marchando y contramarchando, surgiendo de improviso sobre las espaldas de cualquier formación francesa; escabullendo el bulto cuando eran perseguidos por la rabia desbordada de sus perseguidores, apareciendo y desapareciendo como expertos conocedores del terreno, y aclamados y protegidos por los pueblos donde pasaban.

Oficiales sin empleo, estudiantes, campesinos, clérigos, y a veces desertores y contrabandistas, formaban sus cuadros. El oficio era duro y más que buenas costumbres se le exigía un valor a toda prueba, y sembrar el terror y la consternación entre las tropas invasoras. A cambio de ello se le permitía enriquecerse con el botín tomado al enemigo. Así lo autorizaba la Junta Central. Los guerrilleros se enrolaban en formaciones llamadas partidas o cuadrillas mandadas por jefes que se habían impuesto por su autoridad; fueron muchos y cada uno tuvo su historia y su leyenda.

Como ya hemos dicho, después de los sucesos del 2 de mayo en Madrid, las Juntas Provinciales llamaron a todos los españoles en edad de servir a alistarse con objeto de organizar la defensa de la patria. Uno de los primeros cuerpos que se alistaron para salir a campaña fueron los de Artillería e Infantería de Marina, quedando listos para emprender la marcha el día 3 de Junio de 1808, un batallón de 400 hombres con sus correspondientes oficiales, y a cargo de su Comandante una brigada del Real Cuerpo de Artillería con 50 artilleros en los mismos términos y cuatro cañones violentos con todos sus útiles y almacenes. Ya el día anterior habían sido pasaportados para Sevilla 19 oficiales de Marina, que se habían presentado voluntarios para ir a donde la Junta Suprema tuviera a bien destinarlos.

La miseria que reinaba en este Departamento desde hacía varios meses era tal que no había funcionario en Tesorería para la adquisición de clavos, sebo y otros artículos de ínfimo precio; y las fuerzas anteriormente expresadas no pudieron partir para Sevilla por falta de dinero para socorrerlas.


 

escopetero de La Isla Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



Arriba

Detenidas, hasta la resolución de la Junta de Sevilla, pasaron a proteger las baterías del Puente de Suazo, que se tuvieron que montar y preparar precipitadamente ante la noticia de la marcha hacia Córdoba del Ejército francés del General Dupont, que venía sobre esta Isla a salvar la escuadra de su nación que contemplaban perdida;
servicio tan importante el confiado al mencionado General francés, que de haberlo realizado hubiera obtenido el bastón de Mariscal del Imperio. Por este motivo el referido batallón y la mencionada brigada, pasaron la noche del día 8 de junio de 1808 al Arsenal de la Carraca, para cooperar en el ataque a la escuadra francesa y allí permanecieron hasta mediodía del 14.

El 6 de junio se hacía desde Sevilla la declaración de guerra al francés y en la Isla se reproducía el bando público que firmaba Bartolomé Canle, secretario del Ayuntamiento para que fuese fijado en los lugares más significativos de la ciudad: Plaza Mayor (plaza del Rey); Plaza del Correo (plaza de la Iglesia); en las cuatro esquinas de la calle Rosario (García Herran – Rosario); San Juan de Dios (Colón); las Pitas (Santa Teresa) esquina a San Rafael; Plazuela del Cristo; Plazoleta Vieja (curva Capitanía - calle Escaño) y la nombrada del cuartel antiguo de Marina (explanada castillo San Romualdo); esquina de la calle San Lorenzo (almirante Cervera) hacia la parte de la Real; San Servando; calle Real esquina a la de San Nicolás; sitio de las Tres Cruces (Alameda); placilla del Carmen y cuatro esquinas de las callejuelas. Por todos esos lugares una alegre multitud siguió a las fanfarrias y pasos de la tropa que repetía la lectura de la proclama antes de su fijación.

Estaban todos los cabales, los hombres de rompe y rasga de las albinas y el puente, los hortelanos de la casería o del camino de Camposoto, escribientes y golillas, sacristanes y venteros, barqueros y trajinantes. Pero también había gente de rango y postín unidos en el fervor común; don Juan de Santa Cruz, Alcalde Mayor en funciones; don Miguel de Armida, cura rector de la iglesia Mayor; el marqués de Ureña, tan sabio y distinguido; el capitán de navío Yepes y muchos más marinos, con el secretario Canle. Abigarrado y entusiasta tropel en hermanada conjunción de levitas, galones, casacas y calzas, medias blancas y sombreros apuntados, castizas redecillas y chupas de majos, calañeses (sombrero de ala vuelta hacia arriba y copa baja y más estrecha por la parte superior que por la inferior, usado por labriegos y aldeanos) y patillas, quevedos y corbatines. Un vocerío destemplado hería los oídos, gritos de indignación, de júbilo, de estupor, voces coléricas y ajetreo de feria, tanto que el día parecía domingo. Al mismo tiempo se citaba a los vecinos para que, en junta general, aquella misma tarde eligieran a los que habían de componer su Junta de Gobierno.



Y así se verificó, quedando constituida al siguiente día por el Alcalde Mayor de ella Don José de Santa Cruz y Molina, como Presidente, con los siguientes vocales: por el estado eclesiástico, el Cura rector de la Iglesia Parroquial, Doctor Don Miguel de Armida; por la nobleza, el Marqués de Ureña; por el Cuerpo General de la Armada, el Capitán de navío Don Francisco María de Yepes; por el del Ministerio de Marina, el comisario de ella Don José Rodríguez de Camargo; por el Ayuntamiento, su Regidor decano, Don Antonio Roberto Valois; por el pueblo, el licenciado en derecho Don Francisco de Paula Vilches y para Secretario de esta Junta fue designado Don Bartolomé Canle Gómez, que era escribano público y del cabildo de la villa.



Para Tesorero de la recaudación y distribución de los fondos, que se reuniesen a fin de atender a los gastos del alistamiento de la gente para la guerra, fue nombrado Don Nicolás de Guendoen, de la orden de Carlos III, administrador de Rentas Generales de esta villa; y para aligerar la tramitación de los asuntos, determinó la Junta de Gobierno distribuirlos por ramos, quedando nombrados para el de alistamiento de voluntarios, los vocales de ella, Doctor Don Miguel de Armida y el licenciado Don Francisco de P. Vilches; para la formación de cuerpos, compañías, tercios o trozos, el capitán de navío D. Francisco de Yepes y el Marqués de Ureña; y para todo lo relativo a abastos, recaudación de donativos, empréstitos y demás asuntos que originasen gastos el comisario de Marina Don José Rodríguez de Camargo y el regidor decano Don Antonio Roberto Valois.

Acordado por la Junta de Gobierno en su primera sesión el llamamiento al servicio de las armas a todo el pueblo en el improrrogable término de tres días, acudió para alistarse todo el vecindario; quedando nombrados para formar las compañías de voluntarios distinguidos los sujetos que se obligaron a mantenerse a sus expensas; para nutrir las de voluntarios, todos los individuos que se presentasen para el servicio de las armas, los cuales habían de gozar cuatro reales de prest y una ración de pan, desde el día que partiesen para Sevilla; la compañía que se tituló defensores de la población entraron a formarla todos aquellos que se hallaban con causa legítima para no ir a los Ejércitos en campaña, los cuales gozarían de prest y pan, cuando prestasen servicio de armas; y por último entrarían a componer el resto de la milicia todos los demás que no se presentasen voluntarios y la Junta se viese obligada a alistarlos por la fuerza.

El patriotismo de los isleños en aquellas y otras ocasiones fue demostrado con creces. No quedó vecino que dejara de alistarse en el plazo señalado, quedando formados los cuerpos que se llamaron voluntarios distinguidos, milicias honradas de la Isla de León y Regimiento de Infantería de línea voluntarios distinguidos, este último al quedar extinguido por Real orden de 23 de marzo de 1810, mereció del Rey Don Fernando VII se manifestase a este benemérito Cuerpo lo satisfecho que está de su celo, valor y sacrificios de toda especie, que ha hecho durante la guerra presentándose voluntariamente a hacer un servicio activo como el de la tropa reglada al frente del enemigo en el sitio de aquella Ciudad, y además, en premio de los meritísimos servicios que prestó, le concedió S. M, a todos los individuos que lo componían al retirarse al seno de sus familias, a ocuparse en las tareas a que les obligasen los destinos que anteriormente desempeñaban, los grados y fueros que respectivamente tenían con el uso de uniforme de retirados y demás gracias dispensadas al extinguido cuerpo de voluntarios de Cádiz, por ser iguales y estar organizados bajo una misma ordenanza.


 

General Dupont Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



Arriba

La división de fuerzas sutiles del apostadero de Cádiz, al disparar el último cañonazo en la mañana del 14 dio la vela hacia Ayamonte para batir a una división francesa que pretendía cruzar el Guadiana, llegando con tal oportunidad que salvó en tan críticas circunstancias a aquella comarca de caer en poder del enemigo, que vio frustrados sus deseos.

Las compañías de voluntarios, compuestas en su mayoría de licenciados del Ejército y Marina, pasaron a fines del mes de Junio a Sevilla para incorporarse a las filas del Ejército de Andalucía que mandaba el ilustre General Don Javier de Castaños y se hallaron en la gloriosa batalla de Bailen, regresando a principios de agosto custodiando a los millares de prisioneros franceses.

Como lugar seguro para su custodia, se eligieron la Isla de León, el Arsenal y los navíos pontones, donde hacía dos meses se hallaban, también en prisión, las tripulaciones de la escuadra de Rosilly, formando en total una porción de millares de prisioneros a los que se habían que vigilar y custodiar por mucho tiempo, ya que el Almirante Collingwood y sus sucesores, por orden del gobierno británico, se oponían al traslado por mar hacia Francia, conforme se había acordado en las capitulaciones para la rendición de aquellas tropas enemigas de mar y tierra.

Este penoso servicio lo practicaron las tropas veteranas de los Cuerpos de Marina en la Isla de León, Carraca y bahía, quedando por tanto entregados a las milicias y voluntarios distinguidos casi todos los servicios de plaza cómo los de rondas, vigilancia, partida de disfrazados, policía y el de persecución de desertores y malhechores.

Con la entrada del Emperador Napoleón en España al frente de un formidable y aguerrido ejército, y su rápida llegada a Chamartín se hace más encarnizada la lucha contra los franceses, volviendo otra vez a comenzar de nuevo la guerra que se había creído terminada meses antes con la salida de su hermano José.

Instalada en Sevilla la Junta Central se recibe la orden en este departamento para salir a campaña dos regimientos de Marina y dos brigadas de artilleros de ella, y el 8 de Diciembre de 1808 parten para su destino, quedando sumamente reducida la guarnición veterana de esta Isla y de sus fortalezas, que puede decirse estuvieron
custodiadas y confiadas a las tropas populares, compuestas de los milicianos y distinguidos.

Esta situación fue afrontada con varonil entereza durante todo el año de 1809, tan desfavorable, para nuestras armas, y para la causa nacional. El Arsenal de la Carraca preparó sus baterías lo mejor posible, reforzando las que miraban para el continente, y su Comandante General empleó en estas faenas la maestranza y marinería, única gente disponible, después de cubiertos los puestos militares y la vigilancia para la custodia de los prisioneros.


 

General Castaño. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



Arriba

El capitán de navío Don Diego de Alvear, comandante principal del Real Cuerpo de Artillería en este departamento, con su tropa, ayudado de los milicianos y voluntarios, fortificó las baterías y montó toda la artillería posible en el Puente de Suazo, quedando la guarda del puesto bajo su mando, y aquella confiada a los artilleros de Marina, que tenían su cuartel en el cercano castillo de San Romualdo.

La batalla de Talavera, la dispersión en la de Almonacid, la desgraciada función de Ocaña hizo temer a la Junta Central que los franceses invadirían Andalucía, pensaron desde entonces retirarse de Sevilla, a lugar más seguro; a indicación del Ministro de Marina Don Antonio de Escaño, uno de los de más talento y prestigio de este brillante Cuerpo, se había designado a La Isla para que cuando llegase el caso la Junta Central se retirase a ella.


 

Diego de Alvear. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



Arriba



Antonio de Escaño es con mucho el principal impulsor de la defensa de la Isla. Pudo haber escurrido el bulto, ya que había sido nombrado virrey y capitán general de Buenos Aires, pero renunció al cargo fundándose en que “la patria estaba en peligro y en que había jurado pelear en su defensa”. Tenía un profundo conocimiento de la Isla de León, la Carraca y su importancia estratégica. La supervivencia de la monarquía, vista la situación, se cifraba en Cádiz, y de Cádiz era bastión antemural la Isla de León. De aquí la tremenda importancia de su fortificación y su defensa


Sobre este asunto dejó Escaño un documento en el que escribió, entre otros, lo siguiente: »En la sección de Marina manifesté el conocimiento que tenía de la Isla de León y de la Carraca, y la importancia de defender estos puntos, pues perdidos lo sería la plaza de Cádiz a pesar de la Cortadura, que la ignorancia y la preocupación juzgaban suficiente defensa sólo por hacerse en el arrecife de aquella plaza a La Isla. Propuse al Jefe de Escuadra Don Francisco Javier de Uriarte para Gobernador de La Isla, y para que ejecutase las obras que convinieron con él. Este general me era muy conocido, por su valor, su honradez y su capacidad, y se hallaba en Sevilla de ministro del Consejo de Guerra y Marina. A mi solicitud, pues, fue nombrado Uriarte Gobernador y a él se debe la cortadura del puente Suazo y las baterías de defensa que impidieron la entrada de los franceses en febrero de 1810; además tenía muy adelantadas las Fortificaciones en Gallineras y Sancti-Petri. También atendí a fortificar el Arsenal y dispuse un armamento de lanchas y barcos cañoneros que debía consistir en 60 embarcaciones, y los botes y faluchos de su auxilio; que debían quedar 20 armados para acudir a donde fuera necesario, y 40 después de armados se desarmarían colocando sus pertrechos en almacenes para que mientras no fuesen precisos se ocuparan en su tráfico y no causaran gastos.»


 

Antonio Escaño. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



Arriba

Don Francisco Javier de Uriarte y Borja, ascendido a Jefe de Escuadra por su comportamiento en Trafalgar (mandaba el navío “Santísima Trinidad”, que se hundió a causa de la tempestad que siguió a la batalla), no queriendo prestar juramento de fidelidad al Rey intruso, huyó de Madrid presentándose en Sevilla donde la Central lo nombró Jefe de la Junta de Inspección de Marina. De aquí pasaría a ejercer el gobierno militar de La Isla con amplias atribuciones para poner en estado de defensa aquel punto importante, -¡y vaya si sería importante!- con la actividad que lo requerían las circunstancias. Uriarte que con firmeza respetuosa le había dicho a Mazarredo, a la sazón ministro de Marina de José I, “ni mi honra ni mi conciencia me permite remover el juramento que le tengo hecho a mi legítimo soberano” fue propuesto a la Junta, como hemos dicho, por el ministro de Marina don Antonio de Escaño, otro de los héroes de Trafalgar, para tan importante misión.


Se presentó el General Uriarte en la Isla de León en Diciembre de 1809 y empezó a desarrollar su plan de fortificación con las facultades que se le habían conferido y algún caudal para los gastos que se originasen, y la Isla fue removida palmo a palmo en toda su zona costera para consolidar baterías, baluartes y reductos. Numerosas brigadas de trabajadores secundados por no pocos animosos voluntarios se afanaron a destajo para hacer factible la defensa de la ciudad, de la que el puente Zuazo sería el último baluarte de la independencia española.


 

Uriarte. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



Arriba

La importancia del puente Zuazo y sus instalaciones complementarias no residía sólo en su fortificación sino en su excelente posicionamiento. De un lado una franja no muy ancha por donde habría de pasar forzosamente el enemigo, puesto que era el único camino transitable en medio de salinas y terrenos cenagosos. Pero además para llegar a ese camino era necesario que los franceses vadearan los ríos Guadalete y San Pedro, empresa harto difícil por su mucho caudal y el arrastre del abundante fango. De esta manera el puente Zuazo cerraba la entrada del camino de Puerto Real, por lo que el único acceso que quedaba a la Isla era el llamado camino de Conil (o de la Barca) defendido por el castillo de Sancti Petri alzado sobre un islote del caño de su propio nombre. El puente Zuazo seguía siendo por tanto el punto neurálgico de las tropas francesas, y un baluarte inexpugnable ya que no consiguieron su empeño de batirlo.



Reforzó la defensa de la cabeza del puente con dos baterías cimentadas en los saleros de las inmediatas salinas a la carretera Santiago y San Judas, a las que llamó Daoiz y Velarde, quedando triplicadas las bocas de fuego en la línea de frente y de flanco; reforzó las tapias aspilleradas que rodeaban el antiguo carenero y fábrica de lonas, y señaló las cortaduras del arrecife al Portazgo, que mandó iniciar en forma adecuada, para una defensa pronta y vigorosa, con las cien piezas de todos los calibres que en total estaban montadas en aquel recinto, dejando a cargo de su defensa, al bizarro capitán de navío Don Diego de Alvear, que ya ostentaba dicho mando, y le había de suceder en el Gobierno Militar de la Isla.

Las primeras defensas se hicieron con estacas cortadas de los pinares de la Barca, más tarde realizadas de cantería ante el avance de los franceses y se consolidaron las fortificaciones, con las baterías del Portazgo a orillas del caño de Zurraque, Gallineras defendida por la batería Urrutia que también cubría Sancti Petri; Torregorda, la Ardila y por la otra banda se cubría con la defensa artillera de la Casería de Ossio. De esto se deduce que la Isla estaba fortificada antes de la llegada de Alburquerque; de lo que carecía la plaza era de personal necesario para su defensa, que gracias al arrojo y valor del Duque, tras su apoteósica retirada a este reducto, quedó resuelto.


 

Puente de Zuazo. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



Arriba

Cuando el pánico y el desconcierto popular se hicieron patente ante la posible llegada de los franceses se cortó como medida defensiva el ojo central del puente, pero restablecida la tranquilidad, Uriarte dirigió con inteligencia la cortadura del arco del centro señalando antes las piedras y numerándolas para poderlas restablecer después. En las defensas trabajaron febrilmente los vecinos de los barrios isleños, del callejón de Madariaga, de la placilla vieja, de la Pastora, del Monte, de Lorión, de San Cayetano, del Olivarillo y las Viñuelas; pero todas las vistas seguían puestas en el puente porque era la única comunicación con tierra firme.


 

Lancha Cañonera. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



Arriba

Invadida Andalucía a principios de Enero de 1810, forzando los enemigos Sierra Morena, y batiendo los restos de nuestro ejército en el reino de Jaén, la Junta Central resolvió retirarse a la Isla de León y así lo verificaron los individuos de ella, unos por carretera y otros por el Guadalquivir.
Efectuada la salida de Sevilla, se levantó el pueblo, dando el poder Soberano a una Junta a la que titularon Junta Soberana de España e Indias, repartiendo impresos que acusaban a la Central de haber vendido Andalucía; y, como consecuencia, fueron arrestados en Jerez el arzobispo de Laodicea, presidente; el Conde de Altamira, vicepresidente; algunos diputados y el Ministro de Guerra.

Luego que se reunieron algunos Centrales en esta Isla de León, encargaron al Ministro de Marina, Teniente General Don Antonio Escaño, oficiase al Corregidor de Jerez, para saber la causa de la detención del Presidente, vicepresidente y vocales de la Junta Central; pero creyendo el ilustre Escaño que sería más conveniente valerse de medios confidenciales, envió a sus ayudantes a aquella ciudad con la delicada comisión que se le había encomendado, y empleando toda la prudencia y diplomacia que en estos casos se requiere, consiguió prontamente que todos pudieran continuar su viaje a La Isla, donde entregaron el mando a la Regencia el día 31 de Enero de 1810, con la disposición testamentaria de reunir Cortes generales extraordinarias en esta Isla de León, con la máxima celeridad posible.

Muy grave era la situación en que se encontraron los Regentes Castaños y Escaño, cuando empuñaron el timón de la Monarquía en la pequeña Isla de León, para salvarla del peligroso naufragio que la amenazaba. Llenos de confianza en las milicias, y seguros de la fidelidad de sus habitantes, que días antes había aclamado al vencedor de Bailén para que los mandase, enviaron a las autoridades de Cádiz los avisos consiguientes de la creación e instalación de la Regencia; cuya sede quedó fijada en el colegio de las Monjas de la Compañía de María.

La contestación fue el inmediato reconocimiento y acatamiento por el cuerpo diplomático, por el Consejo de Guerra, por el Consulado de Comercio, por los cuerpos militares que guarnecían la plaza, y últimamente, por el Supremo Consejo de España e Indias, que expidió una cédula en la que fue copiado el decreto de la creación e instalación de la Regencia, para su circulación en todas las provincias y pueblos de la denominación española. La nueva Junta Gaditana tuvo sus más y sus menos para reconocer a la Regencia, cosa que hizo a instancias del embajador inglés.

Dedicaron aquellos ilustres Regentes su atención preferente a la defensa militar de esta Isla y su arsenal, revistando las fortificaciones del Puente de Zuazo, Gallineras, Sanctí-Petri y Carraca, quedando penosamente impresionados, no obstante las seguridades que los generales de Marina y el capitán de navío Alvear les ofrecían, y la estimación en que tenían a la milicia isleña, compuesta de hombres que servían o habían servido en la Marina; obsesionados ante la carencia de soldados con que defenderse en el remoto caso de que el enemigo intentara un desembarco de tropas en cualquiera de las costas de las cercanías de Cádiz.

Bien pronto quedaron tranquilos de esta preocupación, pues la división que mandaba el Duque de Alburquerque en Extremadura, fuerte de siete, a ocho mil hombres, para evitar el peligro en que se encontraban, rodeada de los ejércitos imperiales, tomó la resolución de dirigirse a marchas forzadas a esta Isla de León, a fin de contribuir a su defensa. Una rápida e inteligente marcha coronó el éxito de tan atrevida empresa, llegando a la Isla el día 5 de Febrero de 1810, todo el cuerpo de infantería de aquel Ejército, precisamente en los momentos que juraba el cargo de Regente el ilustre Don Francisco de Saavedra, que había llegado la noche anterior de Sevilla.

El ejército enemigo que seguía su marcha para esta Isla llegó a sus cercanías el día 7, tomando en los siguientes las posiciones más importantes y ocupando Rota, los Puertos y Chiclana, dejó sitiada esta nueva Covadonga, de donde había de resurgir España.

El día 9 de febrero atacaron ya las líneas los franceses con numerosísimas fuerzas y temeroso el Duque de Alburquerque que forzasen el puente Zuazo, situó sus tropas a las entradas y cabezas del mismo, cayendo a los pocos momentos, entre muertos y heridos más de treinta hombres.

Alvear entonces rogó al Duque que retirase aquellas tropas, que se perdían estérilmente y le impedían jugar con la artillería de su mando, añadiendo: “Yo me encargo de limpiar el campo de enemigos muy pronto.” El General se resistió; pero las repetidas instancias de Alvear, que le demostraba el gran poder de la artillería que enfilaba al enemigo, y cada vez más apurado por las bajas que experimentaba su gente le dijo muy alterado; “Bueno, voy a retirar la tropa; pero usted será responsable de lo que ocurra.” A lo que contestó Alvear con gran tranquilidad: “Respondo de lo que ocurra.” Con gran energía el de Alburquerque le replicó: “Pues sobre su cabeza de usted va”; y Alvear con serena firmeza terminó este violento diálogo diciendo: “Sobre mi cabeza venga.”


 

Batería de Urrutia en La Isla de León. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



Arriba

En efecto, retirada la tropa, empezó Alvear tan nutrido y acertado fuego, apuntando por sí mismo los cañones, que en breve rato cedieron los enemigos, desapareciendo por completo. Con tan patente prueba logró convencer este ilustre marino a todo el pueblo, a sus autoridades y al gobierno, que no eran vanas sus palabras al afirmar “que los franceses no entrarían en la Isla por más que hicieran” y “que mientras él mandase la artillería no entrarían”, afirmación fundamentada en el estudio que durante más de un año y medio había realizado del terreno, y de la confianza que tenía en los artilleros de Marina que disciplinados, ejercitados y probados por él en ocasiones de mayor peligro, se habían cubierto de gloria.


Tranquilos los ánimos, confió el Duque de Alburquerque al respetable Alvear el mando de toda la artillería de mar y tierra y al mes siguiente la Regencia le nombró Gobernador político y militar de esta Isla de León, confiriéndole además el título de Corregidor de ella, con las presidencias de las Juntas del ayuntamiento, sanidad, abastos, represalias, la subdelegación de hacienda y demás cargos anejos a la jurisdicción ordinaria y militar, con el mando en calidad de Coronel del regimiento de Milicias Honradas, compañías de salineros, cazadores y la comandancia de los escopeteros; en suma, quedó constituido en la única autoridad militar, civil y popular de esta villa, cuando puede decirse, sin faltar a la verdad, que era la capital de la Monarquía y por ello la conservación de esta plaza era de la mayor importancia.

Grandes fueron los servicios que prestó Don Diego de Alvear en los distintos ramos de su incumbencia atendiendo con singular predilección a la defensa de la extensa línea de esta Isla y abastecimiento de la artillería de mar y tierra, por la dificultad y escasez de los trasportes. Trece meses, de gobierno pusieron a prueba su actividad, inteligencia y previsión, ganando tanta popularidad, que el General Castaños de continuo decía-«Alvear, tiene usted más fama aquí que Pizarro en Indias» y su personalidad adquirió tal relieve que sobresalió entre las de tantos ilustres personajes como entonces se hallaban en esta pequeña capital.

El abastecimiento de víveres para una población, que en aquellos días había triplicado el número de su habitantes, sin que se notara carestía, ni escasez; el alojamiento de un Ejército de 25.000 hombres; los ilustres personajes de la Corte; el de la Regencia con los secretarios, tribunales y demás funcionarios de la Nación refugiados en este pueblo; la instalación de las Cortes generales extraordinarias de la Nación y acomodo de los Diputados, sus familias y dependencias; el establecimiento de campamentos, cuarteles y hospitales para las tropas españolas y británicas; el bando de policía y sanidad que publicó, logrando preservar a este pueblo de las pestes que asolaron a los de Cádiz, Gibraltar y sus contornos; la inundación y arreglos de las salinas para hacerlas intransitables al enemigo; la construcción de canales como el de San Jorge para evitar a los buques costeros el fuego de las baterías francesas, cuando entraban con víveres por el caño de Sancti-Petri con destino a Gallineras; la dificultosa recaudación de materiales y caudales para las obras de fortificación, en las que estaban empleados diariamente trescientos jornaleros; su desprendimiento y generosidad al no recibir sueldo ni gratificación de ninguna especie por tantos y tan multiplicados cometidos, con el sostenimiento a su costa de los gastos que se originaban en sus secretarías; su constante celo al compartir la fatiga con el regimiento de milicias honradas poniéndose a su cabeza en las frecuentes salidas a los puntos avanzados, y su esplendidez en el trato social, fueron los más notorios méritos que le hicieron ídolo en este pueblo, contribuyendo a que su recuerdo perdurara largos años y que su nombre se pronunciara con respeto.

Y nosotros los isleños del siglo XXI, que presumimos de agradecidos y generosos, sólo le hemos dedicado en San Fernando una calle secundaria; por lo que aprovechamos para pedirle a la autoridad local que corresponda un monumento a Diego de Alvear, a ver si empezamos ya a gastarnos el dinero en cosas útiles para los isleños, como es el embellecer y dar a conocer la historia de nuestra ciudad.

Y para terminar una anécdota: Cuentan que unos periodistas ingleses querían conocer las defensas del puente Zuazo, y para ello alquilaron en Cádiz un coche de caballos que los llevara hasta el sitio en cuestión.

Llegados a su destino, los periodistas encontraron entre las fuerzas inglesas que guarnecían la Isla, unos oficiales a los que conocían que amablemente los invitaron a quedarse, cosa que aceptaron inmediatamente.

Al preguntarle al cochero que cuanto se le debía por el viaje, éste contesto con una cifra sumamente elevada; protestaron los ingleses alegando que era mucho dinero por haberlos traído desde Cádiz hasta la Isla.

A lo que respondió el cochero: ¿COMO QUE HASTA LA ISLA? ¡SEPAN USTEDES QUE LOS HE TRAÍDO DESDE CÁDIZ HASTA LA FRONTERA CON FRANCIA, ATRAVESANDO TODA ESPAÑA!

La cosa no sabemos como acabó, pero quede la anécdota para hacer notar que en cualquier situación la picaresca aflora.



BIBLIOGRAFÍA.
La Isla de León en la guerra de la Independencia.- Diario de San Fernando; 24 de septiembre de 1910.- Emilio Croquer y Cabezas.
Una luz inalcanzada.- José Cervera Pery.
La Marina en el bloqueo de la Isla de León.- Federico Obanos.
Historia de España.- Modesto Lafuente.

AS de GUIA
Para El Güichi de Carlos.
Julio 2010


 

AS de GUIA



Arriba

general chafarote | guerra de la independencia