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La influencia de la vida militar desde 1720 en la Villa de la Real Isla de León hasta finalizar el Siglo XX en la actual San Fernando. Los destinos y cuarteles. Desde los pelones hasta el Capitán General de la Zona Marítima del Estrecho.


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el marques de wellesley

E L   Z A P A T E R O   Y   E L   M A R Q U É S   D E   W E L L E S L E Y . 

El 31 de julio de 1809, en su noche, fondeo en la bocana del puerto gaditano el navío inglés Donegal, trayendo embarcado al marqués de Wellesley, acompañado de su hijo Richard y de su sobrino William Pole, jóvenes ambos más dispuestos a divertirse que a ayudar al Embajador en sus tareas diplomáticas.

En la mañana del día siguiente, desembarcó Wellesley, siendo recibido en la ciudad con júbilo extraordinario, ya que su llegada coincidió con las buenas noticias que sobre Talavera trajo Doyle. Se le rindieron honores de Capitán General, y entre volteos de campanas y salvas de artillería, engalanados de seda los balcones, desde donde, a su paso, le saludaban las personas notables de la población, y aclamado por la muchedumbre, que demostró su entusiasmo desenganchando el coche y tirando de él como si fuera un carro romano, hizo su triunfal entrada el Procónsul Embajador.

Al poner el pie en tierra, lo hizo sobre una bandera francesa, que a guisa de alfombra, le tendieron en el suelo unos entusiastas gaditanos, a los que quiso el Marqués recompensar, dando a uno de ellos una bolsa llena de monedas de oro, rogándole las repartiera entre sus compañeros; pero el gaditano que era un zapatero llamado Justo Lobato, se la devolvió a su Excelencia, diciéndole: “Si el pueblo de Cádiz aclama a V. E., es porque en él mira a un representante de la nación aliada de España para combatir a Bonaparte. Este entusiasmo no se paga con el oro sino con la gratitud. Tome V. E. este bolsillo, y no vea en ello un desaire, sino una prueba de la sinceridad del afecto de esta población”.

El aplauso con que fueron estas palabras acogidas sirvió de estimulo a la ambición y elocuencia de Lobato, dando comienzo a su efímera carrera de tribuno popular de Cádiz. Se dedicó a arengar a la plebe, tan fácil de embaucar con palabras y promesas hueras, y tan propensa a dejarse arrastrar por los más bajos instintos y pasiones. Mas el improvisado tribuno callejero, embriagado con el éxito de sus discursos, no contó con que la plebe, ignorante, caprichosa y tornadiza, se cansa pronto de sus ídolos, y tampoco que su popularidad, ganada tan fácilmente, había de provocar la envidia de otros tribunos congénitos, cuya elocuencia, como la suya, propia de la raza, brotaba al aire libre, sin preparación ni estudio, y con todos los ardores del sol meridional que alumbra y enardece al pueblo gaditano.

Y así sucedió que, estando una vez en la plaza principal arengando a las turbas, comenzó su discurso hablando de los opresores del pueblo que sufre, del pueblo que paga, del pueblo por quien él daría gustoso la vida, llamando sólo pueblo a la canalla que lo rodeaba; pero el sufrido pueblo no quiso sufrirlo por más tiempo, y, calentado por las iras de los rivales del maestro zapatero, prorrumpió en mueras a su persona, saludándole, además, los oídos con piedras como puños.

Trató de defenderse Lobato del pueblo, por cuyos derechos él abogaba, vilipendiándolo con los epítetos de ingrato, infame y digno del despotismo, sin lograr ablandar los corazones de sus oyentes, más duros que las piedras que sobre él llovían, y hubiera allí, como el santo protomártir, perecido, si la compasión de algunos amigos no le hubiese puesto a salvo.

Invadió entonces el pueblo la zapatería tienda y domicilio del tribuno; rasgó su retrato, despedazó muebles y trebejos y se incautó, plebiscitariamente del dinero, dejando a Lobato en la más desamparada pobreza. Se le ocurrió entonces al arruinado zapatero dedicarse al teatro, creyendo, no sin razón, que tenia muchos puntos de semejanza el oficio de farsante con el de tribuno popular; pero fue tan mal cómico como había sido mal tribuno, y no volvió a oír los aplausos que tanto le gustaban, y por los que perdió una fortuna honradamente ganada a punta de lezna.

No conservaría la historia en sus páginas el nombre de Lobato, ni entre los comediantes que florecieron en España a principios del pasado siglo; ni entre los oradores populares, precursores de los parlamentarios, que entonces pululaban al calor de la libertad; ni siquiera como maestro primoroso, afamado y diestro en calzar los menudos pies de las gaditanas, a quienes ya sabía dónde les apretaba el zapato, si la suerte no hubiera puesto en sus manos la bolsa llena de oro con que quiso Lord Wellesley obsequiar al pueblo, lo que le proporcionó ocasión, al devolverlo, de ejercitar por vez primera su elocuencia con popular aplauso, principio de su carrera política y causa de su ruina.

Después de esto, nada más se supo del señor zapatero. Y es que, aunque suene a tópico, la historia se repite y, por lo visto, zapateros charlatanes hubo en todas las épocas, a pesar de que la sabiduría popular lo deja bien claro en su famoso refrán: “ZAPATERO A TUS ZAPATOS”.


BIBLIOGRAFÍA.Relaciones entre España e Inglaterra durante la guerra de la Independencia.- W. R. de Villa-Urrutia.
Cádiz en la guerra de la Independencia, cuadro histórico.- Adolfo de Castro.

AS de GUIA
Para El Güichi de Carlos.
Agosto 2010



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