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influencia militar:
La influencia de la vida militar desde 1720 en la Villa de la Real Isla de León hasta finalizar el Siglo XX en la actual San Fernando. Los destinos y cuarteles. Desde los pelones hasta el Capitán General de la Zona Marítima del Estrecho.


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el marqués de palacio

Las Cortes Constituyentes de la Isla de León procedieron a elegir una nueva Regencia, a cuyo efecto se reunieron en sesión secreta, que duró veinte horas, y el 27 de octubre de 1810, al cabo de tres escrutinios, resultaron designados: el teniente general Joaquín Blake, a la sazón en Murcia; Gabriel Císcar, jefe de escuadra, al frente del apostadero de Cartagena, y el capitán de fragata, Pedro Agar, director de la Academia de Guardias Marinas. Ausentes Blake y Císcar, se eligió a dos suplentes, recayendo el nombramiento en José María Puig, del consejo Real y en el general, marqués del Palacio. Antes de centrarnos en el personaje que nos ocupa, relataremos algunos hechos que habían sucedido en Cádiz.Los notables de Madrid, refugiados en Cádiz y en la Isla de León, acuerdan celebrar el 2 de mayo solemnes honras por sus conciudadanos ilustres, muertos por la independencia española en la corte dos años antes. La iglesia del Carmen se llenó de una abigarrada muchedumbre ávida de honrar a los héroes madrileños; oficia el cardenal de Borbón, arzobispo de Toledo; asisten el general Castaños, presidente del consejo de Regencia, el nuncio de S.S., ministros y grandes, magistrados, generales españoles y británicos de mar y tierra, y numerosa oficialidad de las tres naciones amigas España, Portugal e Inglaterra. Sobre la puerta principal de la iglesia se leen en una lápida negra estos versos famosos:


 

Cardenal Borbón. Cedido AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



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A LOS QUE MUEREN DANDO EJEMPLO
NO ES SEPULCRO EL SEPULCRO, SINO TEMPLO.

Un obelisco egipcio es erigido en el centro de la plaza de San Antonio decorado con figuras alegóricas. Contribuye a la grandiosidad de esta solemnidad la entrada de dos navíos de línea españoles, Algeciras y Asia, que fondean en la bocana del puerto, procedentes de Veracruz y la Habana con siete millones de pesos fuertes y 4.000 fusiles. Es la ayuda que nos envían nuestros hermanos de América.

Al terminar el día celebrado con magnificencia fúnebre, las gentes concurren en la Alameda para escuchar a las bandas militares y entonar canciones patrióticas.

La indumentaria de la abigarrada muchedumbre que llenaba las calles de Cádiz se distinguía por los vistosos uniformes que los distintos componentes del estamento armado lucían, citando como nota de color resplandeciente el uniforme de los voluntarios gaditanos, a los que el pueblo llano bautizó como los guacamayos, por su vistosidad y colorido. Especial mención merecen también, bajo este concepto, unos cuantos personajes estrafalarios a quienes les dio por vestir a la antigua usanza, los que, por su pinta y falta de juicio, personificaban al bueno de D. Quijote, ya en franco delirio.

Uno de éstos fue Pedro de Palacios y Santibáñez, marqués del Palacio, Teniente General y residente en Cádiz, que manejaba, ora la pluma, ora la espada con igual impericia, y versificador chabacano con presunción de poeta. La Regencia se hallaba instalada en la Isla de León, y a pesar de las instancias de los Ministros británicos Frere y Henry Wellesley, no se atrevía a trasladarse a Cádiz mientras no la invitase la Junta, la cual no se sentía a ello dispuesta, sabiendo que con la Regencia en Cádiz ella pasaría a un segundo plano, cosa muy alejada de sus propósitos, alegando siempre algún pretexto para mantener alejado al apocado Gobierno.

Al fin cedió la Junta al apremio inglés, y el 29 de Mayo de 1810 se trasladó a Cádiz, donde es recibida con honores reales, habilitándose el edificio de la Aduana, para sede del Consejo de Regencia. Celebró éste al día siguiente Corte para solemnizar, con gran pompa y alegría, la festividad de San Fernando onomástica del Monarca prisionero, solicitando el marqués del Palacio permiso para homenajear a la autoridad soberana con cien hombres vestidos y armados, como decía su petición, de coraceros a la antigua española, dándosele una Real orden para que el General Blake le facilitase los hombres y caballos que pida, a su elección, lo mismo sargentos y cabos que soldados de los seis regimientos que guarnecen la Isla . Seis oficiales acompañarán al marqués.


 

Aduana de Cádiz Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



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Así nos relata Villaurrutia la entrada del marqués y sus guerreros en Cádiz: Al frente de sus coraceros, vestidos con jubón, calzas y capa corta, como antiguamente, pero sin coraza, entró en Cádiz el Marqués, disfrazado como su comparsa y con la faja de General al uso moderno, recorriendo las calles entre una turba de curiosos que vitoreaban o reían, sin que el General se percatase de que igual significación de burla tenían vítores y risas.

Llegado al Palacio de la Aduana, entró en la sala donde estaba la Regencia; le hizo el debido acatamiento; desdobló un papel de buen tamaño, se puso los anteojos, desenvainó la espada, y en altas y destempladas voces leyó unos versos de su composición, es decir, malísimos, acompañando la lectura con tajos y mandobles, para acentuar la necesidad de lidiar por la buena causa, volviendo a las costumbres y trajes de los antiguos españoles.

Estando el Marqués a punto de leer sus versos entró en la sala, retrasado y presuroso, el Cardenal de Borbón. Prelado de muchas carnes y poco seso, como lo denunciaba su cara de bobo, aunque, por haber abrazado con calor la causa de las reformas le tuvieron después los liberales por uno de los suyos, y como tal, por persona de buen juicio. Su entrada interrumpió el general silencio, y como alguien preguntara cuál era la causa, contestó Pizarro en voz alta, señalando al Cardenal: "No es nada; es sólo un recluta que viene para el Marqués del Palacio."

Esta ocurrencia, repetida y celebrada, subió de punto lo ridículo de aquella escena. No la menciona Wellesley en su despacho oficiad, en que da cuenta de haber ido a esperar a la puerta de Cádiz a los Regentes, entre los cuales iba el recién llegado Obispo de Orense, habiéndolos acompañado hasta la Aduana; de que hubo iluminaciones aquella noche y la siguiente; de que se celebró Corte el día de San Fernando y luego un gran banquete al que asistieron los Representantes extranjeros, los Almirantes y Generales, ingleses, los Grandes de España y los personajes residentes entonces en Cádiz.

Terminada la perorata, se retira el marqués con su especie de cuadrilla carnavalera a recorrer las calles de la capital, hasta que al anochecer toma el camino de la Isla de León, muy ufano de haber animado al pueblo de Cádiz a abandonar las ropas y demás costumbres modernas.

A pesar de esta extravagancia, se nombra al marqués del Palacio, como se ha expuesto al principio, regente interino, en sustitución de Joaquín Blake, que se encontraba ausente de la Isla y Cádiz en el momento de su elección; cargo en el que ejecuta otras extravagancias, propias de su carácter y del estado de su juicio. El marqués del Palacio en la sesión de Cortes del 28 de octubre de 1810, protagonizó un incidente, ocurrente al principio, pero después serio: Al jurar el cargo de Regente interino del Reino, se obstinó en que juraba sin perjuicio de los juramento de fidelidad que tenía prestados al señor don Fernando VII, sin tener en cuenta que muchas de cuyas cláusulas se oponían a los logros ya obtenidos por las Cortes.

Trató de justificarse desde la barandilla, pero cuando más hablaba más se perdía en intrincados laberintos, por cuyo motivo fue despedido del salón, y arrestado en el Cuerpo de guardia de las Cortes, y más tarde en su domicilio, sujeto a causa. El espectáculo que dio el General, fue muy criticado en Cádiz por tratarse de una personalidad militar de activo. Como disculpa de su proceder, estaba el conocido desequilibrio de sus facultades mentales, que le llevaron muchas veces á situaciones ridículas.

Rodríguez Solís dice en el tomo II de “Los Guerrilleros de 1808”, que, “cuando fue destinado a Valencia, en reemplazo del General O'Donnell, en vez de organizar y preparar las tropas para cualquier ataque, se limitó a sacar en procesión por las fortificaciones, a la Virgen de los Desamparados, asegurando, que bastaba este acto, para impedir que el enemigo entrase en la ciudad”.



En la sesión siguiente acordó el Congreso, que habiendo perdido el marqués del Palacio la confianza de la Nación, debía nombrarse inmediatamente otro Regente en su lugar, añadiéndose el 31 de Octubre: que una vez perdida la confianza para obtener el cargo de Regente, se debía entender que la había perdido igualmente para desempeñar la Capitanía General de Aragón. Recayó el nombramiento en el marqués de Castelar, Teniente General, capitán del real cuerpo de Alabarderos.



Como puede deducirse de este hecho, las Cortes de Cádiz no se andaban con contemplaciones cuando se trataba del bien público. Los dos personajes sujetos a proceso por la fórmula del juramento; el Obispo de Orense, y el marqués del Palacio, aún con sus rarezas de carácter, eran más apariencias que hechos. Pero aquellos legisladores que habían ajustado buena cuenta a la retrógrada Regencia, y tan a pecho habían tomado la significación de su elevadísima magistratura, sólo se les podía desafiar por el camino de la razón. Sin embargo, el marqués de Palacio no salió mal librado en estas lides, pues se le confirió el mando de Aragón, Valencia y Cataluña. ¡Incomprensible!



BIBLIOGRAFÍA.
Guerra de la independencia – Cuadro histórico.- Adolfo de Castro.
El Ejército y la Armada en las Cortes de Cádiz.- Moya Jiménez y Rey Joly.
As de GUIA.
Agosto 2010.


 

Gabriel Ciscar y Ciscar. Cedido por AS de GUIA a www.elguichidecarlos.com



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temporal 6 de marzo 1810 | noticias calle ancha